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​Yo Materno

Mi hijo llora y no puedo pensar

  • hace 4 horas
  • 2 min de lectura

No te advierten de esto. Lees por ahí que el llanto de tu bebé está hecho específicamente para ti. Para que tus vísceras reaccionen y se active tu instinto más primitivo.


Al leerlo, me sentí hasta un poco especial: algo tan innato y tan hecho a mi medida me fascinó. Sin embargo, en la vida real está lejos de ser especial.


Tuve la suerte (o no) de que mi primer hijo prácticamente no lloró hasta pasados los 4 meses. Siempre en brazos, siempre conmigo, 24/7. Quiero suponer que no tenía necesidad de llorar.


Si bien es cierto que el llanto del bebé es más bloqueante que el llanto del niño, ambos tienen algo característico: da igual si llora a 100 metros de ti o a 1 centímetro de tu oreja, el efecto es el mismo. Tu cerebro apaga cualquier cosa que no sea ese llanto. No puedes oír nada, no puedes articular una frase coherente, no puedes terminar lo que estuvieras haciendo; simplemente tienes que ir a sostener a tu hijo.

En mi caso, no sé muy bien por qué, pero solo con tenerlo en brazos aunque siga llorando, mi mente descansa un poco más.


Da igual si lo consuela papá, la abuela, el abuelo, la tía, etc. Si llora y yo no lo tengo en brazos, algo dentro de mí no me deja seguir con una conversación, terminar de cocinar o acabar de recoger la casa.


Los demás, de buena fe, debo añadir, te dicen aquello de: «Dámelo a mí, que yo lo calmo». Y no es que no quieras, es que a veces ni siquiera puedes. Estamos genéticamente programadas para que ese llanto nos alerte, nos ponga nerviosas y erráticas, y haga que queramos cogerlo en brazos y calmarlo (o, al menos, intentarlo).


Hay quienes no se dan cuenta. Estás hablando con ellos y tu hijo se pone a llorar. Tú no puedes seguir hablando, pero la otra persona no llega por sí sola a esa conclusión. Entonces llega ese momento en el que, con toda la educación posible, debes respirar y decir: «Espera un momentito, que lo calme y seguimos». Puede que pasen dos cosas: la primera, que te miren con cara de comprensión y esperen sin más; o la segunda, que te miren con cara de póker, pensando que no es para tanto y que te estresas muy fácilmente.



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