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Mi hijo pequeño a veces pasa inadvertido

  • 6 jul
  • 2 min de lectura

Sin darte cuenta tu segundo hijo te mira, esperando, pasa un ratito y ahí sigue. De pronto te vuelve a la cabeza y te giras deprisa a mirarlo para ver si está bien o necesita algo. "Claro que necesita" piensas tú mientras lo coges. Y aquí es donde empieza de nuevo la culpa. En el fondo sabes que no le miras como a tu primer hijo porque no puedes, ahora son dos y no tienes ojos que puedan dividirse. Sabes que tienes que hacerlo y te flajelas pensando que deberías girarte en lugar de 5 veces por minuto, deberían ser 15, así te aseguras de que está bien.


Con esto no digo que no sea igual de especial que el primero, de hecho, lo más bonito del segundo hijo son las diferencias con el primero. Ves que se rie diferente, llora diferente y se mueve diferente. Empieza a crearse su propia personalidad mientras tu lo observas bien entre ratos.


La culpa te corroe por dentro. Tanto si necesitas prestarle atención al mayor y descuidas al pequeño o viceversa. Sientes que darías lo que fuera por poder multiplicarte física y mentalmente para poder estar con los dos al mismo tiempo.


Te justificas a ti misma para poder seguir con frases mentales como "no queda otra", "está acostumbrado", "hago todo lo que puedo" y así mil y un diálogos internos para no caer en un pozo sin fondo de culpabilidad y tristeza.


En cambio, tu hijo pequeño parece saber que tiene que darte una tregua. Que hay momentos en los que vives en automático y priorizas mantenerlo limpio, seco, alimentado y dormido. Y para él también es suficiente. Confía en que ahora no puedes pero que en algún momento te giraras a sonreírle y él se alegrará de que lo hagas, sin rencores y con todo el amor que te da y no crees merecerte.


Hay dias mejores y días peores por supuesto.

Días que el mayor está estupendamente, le da por querer mucho a su hermano, todo le parece bien, juega relativamente calmado y ese día piensas: "está jugando tranquilo, voy a aprovechar para cantarle al pequeño" o "está jugando con papá, no se va a dar cuenta de que juego con el bebé". Esos mini momentos son como tesoros para ti. Te sientes que no lo estás abandondando. Te ries con él, le haces pedorretas, aprovechas para mirarlo de arriba a abajo, los pies tan pequeñitos, te das cuenta de que le está creciendo mucho el pelo, le miras las manitas mientras las pones encima de las tuyas. Pero no dura mucho, o no tanto como quisieras. Enseguida escuchas: "mamá mira!" y tienes que apartar tu atención, tu hijo mayor te reclama.


Una cosa que no sabías con el primer hijo que sí que sabes con el segundo es que el tiempo no vuelve ni te espera. Y sabes que todo lo que no puedas mirarlo ahora no volverá. Para esa tristeza, no hay preparación ninguna.




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